PREGUNTAS Y UTOPÍAS— Por Miguel Rosón (MELANGE)

ESPECIALES Publicado por

Melange ha sido una de las bandas invitadas a tocar en directo en nuestra tercera REVIEW de género dedicada al folk y a la psicodelia.

Son muchas, las buenas entrevistas que diversos medios de comunicación musical han realizado a la banda hasta el momento, pero ninguna de ellas satisfacía realmente nuestras fanáticas ansias de saber mucho más sobre sus raíces musicales.

A sabiendas de que nuestros recursos periodísticos son limitados, y que por mucho que lo intentáramos no seriamos capaces de hacer las preguntas adecuadas para llenar este vacío de conocimiento, hablamos directamente con la banda para pedirles que fueran ellos, con sus propias palabras, los que nos contaran lo que quisieran sobre los géneros que practican y sus influencias musicales.

Fruto de esa “llamada de auxilio” obtuvimos la increíble lista de referencias, que nos regaló Marió Zamora, para hablarnos de su particular visión sobre la asociación entre el folk y la psicodelia. Y fruto también de aquella petición, Miguel Rosón se puso manos a la obra para escribirnos este maravilloso texto en el que nos cuenta, de forma encantadora, cuáles son las raíces de sus influencias musicales personales, a la vez que nos regala pequeñas anécdotas, que son quizás la clave, para entender el origen de muchos de los temas que componen el primer largo de esta gran banda.

¡Gracias Melange por vuestro talento y enorme generosidad al compartir con nosotros tanto vuestra música como vuestros conocimientos! Con bandas integradas por gente maravillosa como esta, para nosotros el fanatismo cobra un sentido épico.

“LO IMPORTANTE SON LAS PREGUNTAS”

por Miguel Rosón (MELANGE)

Indagar sobre las influencias de aquellos que son mis influencias siempre me ha parecido algo sumamente interesante. Hasta llegar a las últimas pistas, los últimos restos. Lo que queda después es una historia desconocida, un lejano legado, una forma de subconsciente colectivo.

Para comenzar con mi prehistoria, por arrancar en algún lado, confieso que empecé a cavar hondo, en mitad del camino, gracias al canalla de T-Bone Walker. Gee Baby Ain’t I Good To You fue un hito en el camino, seguido por todos mis héroes de bronce. T-Bone se ponía la guitarra a la espalda para hacer solos sonriendo a las damas en primera fila y Hendrix sólo perfeccionó la técnica. Todo esto fue después de una temprana etapa académica. Las verdaderas referencias clave de mis comienzos en la guitarra son algunas canciones compuestas por George Harrison, las poderosas guitarras acústicas de Pete Townsend en Sell Out (1967) y Tommy (1969), las afinaciones abiertas estilo “folki” de Jimmy Page, o las versiones de un Eric Clapton en la cima de su magia en el Wheels of fire (1968) de Cream.

T-Bone Walker – Gee Baby Ain’t I Good To You (1969)

¿De dónde venía aquello? Con el tiempo descubrí, que el origen de esa influencias eran, entre muchas otras, Donovan, Bert Jansch y antes que ellos Davey Graham, Albert King, Lowell Fulson, Buddy Guy. Los Byrds o el propio Neil Young al otro lado del charco, prolongaban mi interés por el folklore americano, entre los que destacaría a gente como Leadbelly, Blind Willie Johnson, Skip James, Jimmy Reed, Muddy Waters, Howlin Wolf, etc… Suerte que John Lomax existiera para rescatar algunas de esas figuras y meterlas en el maletero de su coche.

Todos esos músicos, la mayoría afroamericanos, viajaron a poner la semilla al famoso festival de Newport a comienzos de los 60 en el Reino Unido. Esa historia se estaba fraguando desde la segunda mitad de los 50 y supongo que Newport vino a remacharlo. La cultura del rock and roll bebe en gran medida de ese folklore que mezcla las raíces europeas y africanas. Y es un curioso viaje de ida y vuelta, porque el folklore tiene todo que ver con lo ancestral y lo atávico. Especialmente del rock and roll que surgió en Europa a comienzos de los 60, tomando ideas de vinilos que cruzaron el ancho mar, entrando por el río Mersey. Ahí se prendió la mecha, esa música era pura pólvora.

Documental Folk Britannia (2006)

(…) Tiempo después, descubrí al mágico quinteto inglés Pentangle gracias a un amigo riojano. Asumieron esas influencias y comenzaron a mezclarlas con su propia cultura. Para mi ellos abrieron la gran puerta. Con sus adaptaciones de canciones tradicionales, su estilo contenido y su mística elegancia. Ellos que podían abordar un espiritual negro saltando al estilo de Charles Mingus pasando por un tratamiento vocal de estilo celta, para volver sanos y salvos con un sonido absolutamente nuevo. Investigando entre las influencias de la banda, llegué a un disco clave para mí: Folk roots, new routes (1964) de la fabulosa cantante Shirley Collins y el guitarrista Davy Graham, quién grabó en su día el para mi indiscutiblemente influyente Folk, blues and beyond (1965). De estos dos discos la clave es esa palabra: “Beyond”. Se trata de ir más allá, de calar y trascender. Traspasar. Atravesar puertas y más puertas, y cuando no las hay, derribar los muros o saltarlos. Pero, ¿qué hay de Folk roots, new routes? El título del disco me resultó algo más que sugerente. Aquella pareja de músicos señalaban un camino en el estudio y conocimiento de la tradición y el folklore. Como siempre, somos enanos a hombros de gigantes.

Algunos grupos ingleses tomaron el testigo. La misma Shirley Collins había viajado con el famoso etnomusicólogo Alan Lomax, hijo de John Lomax. Alan continuó con la tarea de su padre y es considerado uno de los más grandes recopiladores de canciones populares del siglo XX. Esto sucedía en el verano del año 59. De estos innumerables viajes quedó un imponente trabajo de recopilación de músicas del mundo. Lomax hizo un esfuerzo titánico. Una labor que no tiene precio. Cierto es que fue un detalle feo por su parte negar que la Collins fue de fundamental ayuda aquel año. Pero ella, que ha vuelto a los escenarios a sus ochenta y tantos, hoy lo puede contar en primera persona.

Volviendo a la cuestión. Esta historia, va un poco de arqueología musical. De pensar en flautas de escala pentatónica hechas con el radio de un buitre encontradas a la entradas de cuevas del magdaleniense. De pensar que la primera guitarra era un arco de caza. Va también de los hallazgos de enormes litófonos de piedra perfectamente afinados, tan marcados y golpeados como las estalactitas y estalagmitas de esas cuevas. Algunos paleo-musicólogos afirman que los lugares donde pintaban nuestros ancestros tienen unas cualidades acústicas que impresionan y conmueven. Ok, he vuelto a perderme…

 

Miguel Rosón en uno de sus “recitales para vacas”. Fotogramas extraídos del instagram de Melange

Esto me hizo pensar en la identidad cultural y en la música. Me obligó a reflexionar acerca de los orígenes y la naturaleza de mis influencias. Me empujó a buscar mi identidad dentro del medio cultural en el que vivía inmerso. Ese medio puede tener latitud, anchura, pero además, nacer de las profundidades. Y ahora estamos viajando seriamente al tema, a por la veta de carbón. Trataré de explicarme a través de una ingenua y placentera anécdota. Muchas veces he subido a la montaña acompañado un pequeño y ligero instrumento musical de cuerda: un dulcimer de montaña. Cuando las mochilas pesan y los coches quedan lejos, valoras este tipo de cosas. Subía al monte con mi instrumento y con la sana intención de huir del ruido mental de las ciudades y descansar del tedio que pueden llegar a producir en el alma. Podría decirse que con una actitud muy “folk” (he,he). Algunos de mis mejores recitales han sido para un puñado de vacas, un par de ratones, algunos murciélagos y un afortunado amigo. Y la música que interpretaba no era mía. Al improvisar, mis manos la interpretaban, sí. Pero no era yo. La música tiene esa maravillosa capacidad de diluir el ego, al menos cuando la interpretas en la intimidad.

En ese sitio en las alturas se ha pastoreado desde tiempos inmemoriales. Pastoreaban durante los cálidos veranos. El pastoreo deja tiempo para mordisquear hierbas, saborear el aire y caer hipnotizado por el vuelo de los pájaros y la contemplación del fluir del río. Deja tiempo para ponerse bucólico y cantar acompañado por el murmullo de los arroyos y el tintineo de los cencerros. A menudo he oído esas voces, he escuchado atento sus canciones como en sueños, confundiéndolas con el aire vibrando en un valle glaciar o el borboteo del agua descendiendo por cauces rocosos, brincando y reverberando. Alucinaciones auditivas reales, aderezadas con queso y vino.

Me he vuelto a perder en la tajada seca.

Derroll Adams interpretando Portland Town en 1973.

CONTINUA EN:

“LO IMPORTANTE SON LAS PREGUNTAS” 

(SEGUNDA PARTE)

por Miguel Rosón (MELANGE)