PREGUNTAS Y UTOPÍAS (II)— Por Miguel Rosón (MELANGE)

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Melange se tiran al monte: (de izq. a der.) Mario Zamora, Daniel Fernández, Adrián Ceballos,

Miguel Rosón y Sergio Ceballos.

“LO IMPORTANTE SON LAS PREGUNTAS” 

(SEGUNDA PARTE)

por Miguel Rosón (MELANGE)

(…) Mientras tanto, seguía pensando en el banjo de Derroll Adams alimentando a Bert Jansch y a Donovan, que ardían en la chimenea de Harrison y Page. Atando cabos, descubrí que Sandy Denny grabó su poderosa voz con los zepelines aplastando a Robert Plant como a un pequeño eunuco. Pero bastante antes había grabado con Ashley “El tigre” Hutchings algunas de las mayores joyas del folk-rock británico, como son para mí los fundamentales Liege and lief (1969) de Fairport Convention y el más tardío Fotheringay (1970) de Fotheringay, una banda rodeada de malditismo, que duró un suspiro y exhaló un tremendo disco, hoy de culto. Para no perdérselo. Un colega músico me dijo una vez que Sandy cantaba como una loca, que no le gustaba. Los dioses le confundan, la musa no le acompaña. No en vano Who knows where the time goes es hoy considerada una de las mejores canciones del género.

Como soy del norte y la sangre celta corre por mis venas, conecté rápidamente con esa influencia de Fairport Convention y la revisión de temas tradicionales y anónimos. De ahí a Steeleye Span, Shirley Collins & The Albion Band, Fotheringay, The Incredible String Band, hay un pequeño paso. Luego sólo hay que seguir caminando para cruzarte con Vashti Bunyam, Nick Drake, Linda Perhacs, gente a los que la alargada sombra de Bob Dylan o Joan Baez ha mantenido en la oscuridad demasiado tiempo.

Pero no sólo la tradición celta tan reconocible en el folk rock del los 60 me caló. Los celtas siempre han viajado mucho. Los ingleses emularon a Raavi Shankar cuando veraneaban en Rishikesh. De nuevo el cándido Harrison o el genial John Renbourn que lo mismo toca el sitar con gran destreza que un interpreta con pulcritud y corrección a la guitarra española un antiguo saltarello italiano del renacimiento o una canción de Adam de La Halle del siglo XIII. El folklore y las religiones de oriente, que marcaron la evolución del rock y el nacimiento de la psicodelia.

Ali Farka Touré – Bandalabourou (1996)

Eso es como caer por un agujerito. Terminas viajando a Marruecos y tocando con los bereberes por la vía rápida. ¡Whiskey bereber, amigo! Empiezas a pillar discos de Toumani Diabaté, mientras te das cuenta de que te haces mayor, y de un zasca en los morros te encuentras con el Radio Mali (1996) de Ali Farka Touré, y descubres que hay un mundo ahí. Un mundo de ida y vuelta. Que John Lee Hooker tiene un hermano del alma en Mali, y que ahí cultivan seriamente la técnica de los “dedos de alambre” sobre las seis cuerdas. Que Jimmy Hendrix pasó unos días perdido por las dunas en Diabat, un pueblito al lado de Essaouira, y que quizás coincidió allí con Cat Stevens cuando fraguaba su reconversión al Islam. A mi eso me lo contó un rifeño desdentado en los restos de una fortaleza portuguesa en la playa de Essaouira, y el tío pronunciaba de manera soberbia “Jimmy Hendrix” y “Cat Stevens”.

Supongo que más o menos por aquel entonces, los Zeppelin andarían por Casablanca,  Tánger o Kashmir y Page plagiaba sin piedad el Black Waterside de mi adorado Jansch, diciendo: le cambio “Water” por “Mountain” y apañado. En esa época, el bueno John Mayall debía andar corriendo en pelotas por Laurel Canyon cantando con voz de negro y remendando un tapa-rabos frente a la hoguera, cantando su Medicine man, mientras Randy California, sus colegas y el colgao de su padrastro (Mr. Skin) andaban viendo arder el cañón de Topanga. ¡Uf! Un lío.

John Mayall – Medicine Man (1968)

Y entonces, vuelves a tu casa. Aquí de nuevo. Has estado viajando sin moverte de la silla, de nuevo. Y ves toda esa riqueza ahí enfrente, en las islas, en conexión directa con el otro lado del charco y me acuerdo del gaitero que tocaba en las calles céntricas de Gijón cuando yo era un mocoso. Tocaba sentado, con las piernas cruzadas, como tocaba Raavi el sitar. El sombrero de medio lado, cubriendo su rostro. Sólo veías su moflete hinchado como el de Dizzy Gillespie. Improvisaba sobre canciones tradicionales asturianas con una deliciosa maestría. Sí, era un gran maestro, la nostalgia no me confunde. De pequeño tenía algo de oído y una total ausencia de prejuicios. Ese tío era alucinante, un genio anónimo, y sus interpretaciones tenían a veces colores orientales. Qué raro, ¿eh? Conecté esas ideas a partir de las atractivas y extravagantes teorías de Davey Graham acerca de la relación tonal entre la música India y Celta. ¡Qué locura tan atractiva! “Todo está en todo”, que diría mi amigo “El oscuro”. Toda esa riqueza en las islas de enfrente y aquí mi pobre gaitero, que era capaz de arrancarte las lágrimas, pidiendo en la calle…

Siempre se dice que lo importante son las preguntas. Nada más cierto. Te llevan a sitios, te acercan a las respuestas, aunque a veces no llegues. Es como eso de las utopías, que tienen sentido en cuanto a que si bien son inalcanzables, le ayudan a moverse a uno y caminar hacia algo. Santas preguntas.

Al Andaluz Project – Morena (2007)

Y te preguntas: ¿y aquí qué? Si te paras a pensar un poco, aquí hay mucho. Por España ha pasado todo quisqui durante siglos. ¿Qué ha quedado? Y ya, además de lo celta que me pilla cerca, lo del Flamenco que me pilla por desplazado. ¿De dónde viene todo eso? ¿Y el Fandango? ¿Tan antiguo es? ¿Cómo que del siglo XVII? Y hay más… ¡Ah! Que los árabes vivieron aquí un rato, claro. Y los judíos, que los echaron a todos nuestros Isabel y Fernando, claro. Pero algo quedó, ¿no? Y entonces descubres vestigios medievales de una música sefardí o no sé qué, y las fronteras comienzan a disolverse. Y les pillas la onda a los Radio Tarifa… Bueno, en la música las fronteras tienden siempre a disolverse. No hay líneas tan claras como uno puede pensar a primera vista. Todos los lenguajes tienden a fusionarse, a mezclarse. La gente tiende a transgredir de una forma natural y espontánea. Otra vez me perdí…

Jordi Savall & Hespérion XXI – Mare Nostrum / Oriente-Occidente, Festival Monteverdi Vivaldi (Venecia, 2013)

(…) Entonces, indagando, te enteras un día del Concurso de cante jondo de Granada en 1922, de la relación de los poetas con el flamenco, de las lejanas conexiones con la tonada asturiana. Y “Todo fluye. Todo está en todo” Aprendes a distinguir a duras penas los palos flamencos: bulería, soleá, martinete. Te enamoras perdidamente de la seguiriya y alucinas con el “Agujetas”. Sigues el caminito del barrio de Triana en Sevilla, “la ciudad del arcoíris” que le decían. Y escuchas a la Niña de los Peines, Rosalía (la de Triana, sí) y al Niño Gloria, el Terremoto de Jerez, Mairena, Caracol, Melchor de Marchena y vas y te enteras de la existencia de un tal Diego del Gastor, que no salía nunca de su pueblo. Y ya el agujerito por el que caías es bien hondo.

En la caída te cruzas a “La Lole y al Manué”, el de los Smash, empiezas a entender en que caldo se hicieron los Triana, Alameda, Guadalquivir y hasta los Carmen en New York cantando una letra de Lorca que hacía Aurora Pavón 30 años antes. Y todos tirando de raíz. Pues resulta que aquí hay mucha tela que cortar. Mucha cultura ancestral que reivindicar. Porque por aquí pasaron todos: árabes, cartagineses, griegos, fenicios, romanos, bárbaros… Las líneas no están claras. Todos transgrediendo las ideas de género. Quizás porque algunas reglas son blandas, si es que las hay. Cierto es, que hay quienes las intentan poner, pero al final les sale “rana” y te llegan el Paco de Lucía, Camarón y un joven Tomatito, se pasan las reglas por el “arco del triunfo” y te pasean de la mano por su Calle Real (1983). Es como darte en el hocico. Te lo tienes que comer con patatas. No te queda otra.

John Coltrane – Olé (1961)

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(PRIMERA PARTE)

por Miguel Rosón (MELANGE)