(II) ROCK URBANO — MANERAS DE VIVIR: DE LOS HIJOS DEL METAL A LOS CANTAUTORES URBANOS

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Que los cambios sociales siempre han estado estrechamente ligados a la música es algo que a estas alturas nadie debería poner en duda. Tampoco que durante los años setenta, la reivindicación de las libertades y los cantos de autor y de izquierda iban de la mano. Es el ejemplo de Luis Pastor, cronista oficioso del movimiento vecinal de Vallecas contra el Plan Parcial de urbanismo que amenazó con dejar sin hogares a cientos de familias. «La canción se titulaba Vallecas 75 y fue censurada», recuerda Pastor en una entrevista cuarenta años más tarde. «Así que la rebautizamos como Vengan a ver, por si ese día el censor estaba despistado y colaba. El caso es que funcionó». Su segundo elepé, publicado en 1976 por el sello Moviplay, sentó los cimientos simbólicos de una comunidad que se construyó a sí misma «entre casas de pobreza, en calles sin asfalto, aunque en Vallecas había huertas y campos de trigo».

Lo que vendría en denominarse como “el rock de la Transición” llegaría poco tiempo más tarde, impulsado por el sello discográfico Chapa Discos que el periodista musical Vicente Mariskal Romero había fundado apenas un año antes. Fue el primero en pinchar en la radio las primeras maquetas de los grupos de rock españoles que formarían parte del recopilatorio ¡Viva el rollo! (1975). «Pertenecíamos a la misma discográfica que editaba a Los Brincos y Mocedades. Aunque Zafiro era propiedad del Opus Dei, nos permitió mantener un sello de rock en español, siempre que no les diéramos problemas ni pisáramos los despachos. Por eso me convertí yo en productor», asegura Mariskal.

Asfalto – Capitán Trueno (1978)

En aquellos años, gritar “¡Viva el rollo!”  equivalía a proclamar “¡Viva la libertad!”. No se podía verbalizar de manera explícita, pero sí se podía tararear en forma de canción. «Éramos muy hippies y muy rojos», reconoce José Luis Jiménez, bajista y cantante de Asfalto, y más tarde fundador de Topo. En su canción más popular, Capitán Trueno, invitaban al héroe de las viñetas a que se volviera de carne y hueso para ayudarles a romper las cadenas del franquismo. «El rock fue muy importante para la caída de la dictadura. Mi generación hizo el trabajo duro mientras los de la Movida se sentaban en las terrazas a tomarse las copas y aportando lo mínimo».

Ñu – Cuentos de ayer y de hoy (1978)

Aquella primera hornada de rockeros urbanos discrepaba de los tímidos logros democráticos de los años del gobierno de Adolfo Suárez y los primeros de Felipe González. En Cuentos de ayer y de hoy (1978), por ejemplo, los madrileños Ñu entonaban su particular canto a la ecología y el pacifismo, anticipándose al debate sobre la energía nuclear y el polémico ingreso de España en la OTAN. En palabras del guitarrista Rosendo Mercado, se trataba de echarle coraje, de tomar al toro de la rabia y del aburrimiento por los cuernos. «Éramos de Madrid, pero por delante iba el sentimiento, aunque no fuera positivo. Es que Madrid era una porquería». Tras abandonar el grupo ese mismo año, publica su primer sencillo con Leño, bajo el título de Este Madrid (1978), que un año después formará parte del debut homónimo de la banda. Su demoledor estribillo todavía se corea en sus multitudinarios conciertos en solitario: «Es una mierda este Madrid, que ni las ratas pueden vivir».

Leño – Este Madrid (en directo en TVE, 1983)

Pero la mayor hazaña del heavy rock patrio se consumó en 1982 con la publicación de Volumen Brutal de Barón Rojo. «Es el disco más grande de la historia del rock español, la leyenda y el mito», sopesaba con motivo de la publicación de la biografía oficial del grupo nuestro colaborador Mariano Muniesa. Convertidos en el grupo revelación de la edición del Festival de Reading de aquel año, emprendieron una gira por el Reino Unido que les llevó a subirse a las tablas del Marquee, el mítico local londinense donde empezaron The Who o los Rolling Stones, antes de poner rumbo a Japón. «Barón Rojo es y será por siempre un nombre inolvidable dentro de nuestra música», prosigue Minuesa, «y muy especialmente dentro del rock duro español o del heavy metal, que siempre será recordado con más intensidad, afecto y respeto; incluso por quienes nunca han sentido especial inclinación por el tipo de música que ellos hicieron». Hordas de jóvenes ataviados de cuero, vaqueros ajustados y largas melenas acudían en masa a sus conciertos, atraídos por sus letras reivindicativas que hablaban de rebelión, de libertad y de inconformismo. «Y si protestas te acusarán de antisocial, joven melenudo», tal y como clamaban en Son como hormigas.

Barón Rojo – Son como hormigas (1982)

Coincidiendo con los primeros tiempos del PSOE en el gobierno, el Rock Radical Vasco (Kortatu, Eskorbuto, La Polla Records) tomó el relevo de la protesta hacia unos partidos políticos que no les gustaban o, directamente, detestaban. Si nos atenemos a lo expuesto por Tomás González Lezana, los navarros Barricada actualizaron el legado del rock urbano con influencias del punk y un discurso completamente autóctono, en la línea de unos Motörhead que fueran testigos de los años de plomo y la reconversión industrial de los años ochenta. Son también un grupo bisagra que nos permite interpretar el posterior devenir del género: su octavo álbum de estudio, Balas blancas (Mercury, 1992), irrumpió en un mercado caracterizado por una sobreexposición al rock alternativo y se saldó con su segundo disco de platino. El contexto era otro: «empezaba todo el asunto de los inmigrantes, aunque no se sabía ni cómo entraban, porque todavía no se oía hablar de pateras», recuerda Enrique Villareal, más conocido como El Drogas «Oveja negra refleja la historia de cualquiera de nosotros si nos tocara ir a ganarnos la vida a un país lejano. Es también la lucha del primer mundo contra el tercero. Lo curioso es que el mensaje en algún sector se tomó al revés y nos acusaron de racistas”.

Barricada – Oveja negra (1992)

Casi a la par, y quién sabe si como contraofensiva directa al fenómeno grunge, Los Enemigos encadenaron dos álbumes superlativos, La vida mata (1990) y La cuenta atrás (1991) que redefinieron la lírica urbana desde una perspectiva “de autor” que, según la definición del crítico musical Luis Boullosa, «es capaz de bascular entre el gozo de lo pedestre y la aterradora contemplación de la nada». Atrás quedan los riffs blues rockeros y el costumbrismo castizo inmortalizados en su debut Ferpectamente (1986), a la venta en la barra de su bar favorito de Malasaña por el módico precio de mil pesetas, caña y tapa de chorizo incluidas. Con canciones como Septiembre, su líder Josele Santiago se autoreivindicó como uno de los letristas indispensables de la música en castellano: un poeta de la sangre caliente y el paisaje cotidiano, al tiempo que transeúnte del lado salvaje de la vida. Nada que ver con aquel Joaquín Sabina que renegó del joven barbudo, melenudo y libertario que formó parte de La Mandrágora, para arrojarse a los brazos de la cultura del pelotazo. En su intento por apropiarse del imaginario quinqui en Pacto entre caballeros (1987) frivolizó sobre todo aquello de lo que estamos hablando.

Los Enemigos – Septiembre (1991)

Ya sea por Pereza o por Leiva, Platero y Tú antes o Fito & Los Fitipaldi después, el “cantautor canalla” amortizó el malditismo en el seno del mainstream. Surgen entonces otros superhéroes de barrio, si cabe aún más marginales, como Albert Plá y Robe Iniesta. Verdaderos apóstoles de la música transgresiva que son capaces de romper con el estigma del drogadicto mediante versos infectados por el rock duro y la crudeza de la rumba. «Hemos sido como un secreto a voces», declaraba el líder de Extremoduro en 1996, horas antes de congregar a 30.000 personas en el Palacio de los Deportes de Madrid. «Siempre han pasado de nosotros, pero yo nunca he querido ser un artista de culto, ni underground ni nada de por el estilo». Una década más tarde, el autor de Jesuscristo García ha dejado de ser ese genio asilvestrado que se peleaba con las sustancias, firmaba conciertos caóticos y vivía al límite. «Tampoco tengo muy claro lo que es rock. Ni si todo lo que ha hecho Extremoduro es rock», añade. «En Extremoduro hay muchas cosas muy amplias, música de distintos tipos. Y creo que esto es transgresivo, pero no es rock duro».

Extremoduro – Jesuscristo García (1990)

Escrito por DAVID BIZARRO

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