(II) RHYTHM AND BLUES Y ROCK’N’ROLL: LA REBELIÓN DOMÉSTICA

La história de los géneros Publicado por

En 1956, un segregacionista de Alabama llamado Asa Earl Carter se postulaba como azote del rock’n’roll. Estrechamente vinculado al Ku Klux Klan, inició su cruzada personal contra «un género musical en el que el hombre blanco queda rebajado al nivel inferior del negro. El rock’n’roll forma parte de un complot destinado a socavar la moral de los juventud de nuestro país. Tiene carácter sexual, inmoral y es el mejor camino para fusionar ambas razas». Lo curioso es que, en casi todo, tenía razón.

(Imagen 1) El Rey provocando un calentón adolescente en Tupelo, Mississipi (1956)

Durante la primera mitad del siglo XX, la comunidad afroamericana había empleado el vocablo rock and roll (“balancearse y girar”) con connotaciones claramente sexuales. Fue el locutor radiofónico Alan Freed quien lo popularizó en la década de los 50 entre una audiencia mayoritariamente blanca, adolescente y con las hormonas a flor de piel. Bill Haley and the Comets acababan de poner en órbita el primer hit de la historia, Rock Around the Clock (1955), vendiendo la friolera de doce millones de copias en todo el mundo y, para indignación del señor Carter, aquel ritmo imparable –y aparentemente inofensivo– causaba furor entre los jóvenes. Los primeros en ver claro aquel negocio multimillonario fueron –como siempre– los publicistas. Lo que demandaba aquella primera generación de teenagers, nacida al amparo de la opulencia y el consumismo, era contar con una cultura propia que les permitiera diferenciarse de los adultos. Y así fue como el r’n’r se coló rápidamente en los hogares de todo el país a través de la radio, abriendo una vía de escape que se ampliaría notablemente con la llegada de los primeros transistores y tocadiscos portátiles de finales de los cincuenta. ¡La cosa estaba a punto de estallar!

Dos secuencias de Rebelde sin causa (1955)

El estreno de la película Rebelde sin causa se hizo eco del conflicto generacional. La rebeldía del protagonista encarnado por James Dean tenía sus propias razones para estar cabreado, sólo que los adultos no acaban de entenderlas. Los rockers vestían como él, acudían a los conciertos y se congregaban por millones ante el televisor en busca de ídolos similares que representasen nuevos modelos de conducta, iconos que identificar y en los que reconocerse. Pero la gota que colmó el vaso fue la consagración televisiva de Elvis Presley en el The Ed Sullivan Show. Su carisma chulesco, su vestimenta y sus movimientos de cadera fueron interpretados como una provocación por los sectores más reaccionarios de la sociedad norteamericana de posguerra. Asustados ante las posibles represalias, los responsables de la cadena ordenaron que en lo sucesivo las cámaras le enfocaran solo de cintura para arriba, en un intento desesperado por suavizar una actuación que batió récords de audiencia y coronaría a Elvis, “la Pelvis” como el artista más importante de su generación.

Con Hound Dog llegó el escándalo (1956)

Para colmo de males, aquella “música del demonio” que bebía directamente de tradiciones negras y del country, se las ingeniaba para esquivar la censura mediante letras metafórica y abiertamente sexuales. En ese sentido, artistas como Jerry Lee Lewis y Little Richard representaban el verdadero talón de aquiles del puritanismo estadounidense: el primero, en base a su actitud pendenciera y sus numerosos escándalos, y el segundo por sus coreografías lascivas sobre el escenario. Repudiado por su familia debido a sus escarceos homosexuales, Richard abandonó su Macon natal para trabajar como transformista en una compañía de vodevil, compartiendo camerino con mujeres barbudas, enanos y malabaristas. Su número estrella consistía en parodiar a las glamurosas divas del r&b, ataviado con un vestido de noche y luciendo su emblemático mostacho. Pero en cuanto se sentaba al piano y comenzaba a retorcerse obscenamente sobre las teclas, gimiendo y chillando, el público enmudecía. Había nacido una estrella, posiblemente la más transgresora e influyente de la historia. Considerado como “el arquitecto del rock and roll”, Little Richard desarrolló una carrera a contracorriente que contribuyó a visualizar la latente homofobia de un género musical en el que la virilidad todavía era utilizada como moneda de cambio.

«Soy Little Richard, el Rey del Blues…y también la Reina» interpretando Long Tall Sally y Tutti Frutti

en Don’t Knock The Rock (1956)

De manera soterrada, el r’n’r sembró la semilla del que germinaría en la ambigüedad moral y sexual de los años sesenta. Nacido a los márgenes del american way of life, se convirtió en la banda sonora de la insatisfacción juvenil y abrió el debate sobre la discriminación racial y las grandes desigualdades sociales que existían en el país. Representaba, en definitiva, la imperiosa necesidad que sentían los jóvenes de la época por construir su propio futuro, de correr el riesgo de equivocarse por sí mismos, ajenos a las miradas por encima del hombro de sus mayores. Naturalmente, la respuesta inmediata sería criminalizarlo siguiendo la línea sensacionalista inaugurada por films como Semilla de maldad (1955) y ¡Salvaje! (1953) en los que se caracterizaba al rocker como un individuo violento y antisocial, mientras desde las páginas de la revista Time se equiparaba al rock and roll con el comunismo y la delincuencia.

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(Imagen 2) Cartel promocional de Adolescentes del espacio exterior (1959)

En el contexto de la Guerra Fría proliferaron las películas de ciencia-ficción que explotaban el temor soviético disfrazándolo de invasión extraterrestre. Pero los chavales que acudían en manada a los autocines para asistir a aquellos apocalipsis de serie B, los disfrutaban desde una perspectiva distinta. Mientras la hecatombe nuclear seguía pendiente de un hilo, ellos tonteaban al ritmo del rock’n’roll e imitaban las poses y las vestimentas de James Dean Marlon Brando. Decididos a no dejarse amedrentar, empezaron a vivir sus vidas como les parecía que debían hacerlo y experimentando en sus propias carnes la aventura y el peligro. A tanta velocidad que daba vértigo.

«Me uní a una pandilla y descuidé aún más mi aspecto

Robamos caramelos, cigarrillos y chicles

Pensábamos que la ley era estúpida y nosotros la hostia

Conocí a otros chavales más tarde

Y robamos un buen coche

Rodamos por ahí hasta que nos lo cargamos

Pensábamos que nos lo estábamos haciendo

Dormíamos durante el día, vagábamos por la noche

Errábamos por las calles, buscando pelea

Robando, apostando y bebiendo

No aspirábamos a mucho

Porque todos éramos delincuentes juveniles

Atracamos un garito de las afueras

Fue entonces cuando nos trincaron»

Phil Johns & The Lonely Ones – Ballad of a Juvenile Delinquent (1960)

Escrito por David Bizarro

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