(II) FOLK ROCK Y PSICODELIA: “SONIDOS EXÓTICOS DEL FUTURO PASADO”

La história de los géneros Publicado por

La onda expansiva de la psicodelia norteamericana generó réplicas inesperadas a nivel internacional. De entre el amplio surtido de variantes autóctonas nacidas al rebufo de la diáspora lisérgica de finales de los años sesenta, hemos decidido poner el foco sobre tres escenas particularmente fascinantes; ya sea por su relevancia histórica y su proyección en el tiempo como por sus particularidades culturales e idiomáticas. Alemania, Japón y Turquía: tres países lo suficientemente alejados entre sí como para que la influencia del rock psicodélico se mida en términos geoestratégicos.

El trauma de la II Guerra Mundial impidió que la “era hippie” transcurriera con normalidad en Alemania. Para el teclista Irmin Schmidt, el muro que dividía Berlín representaba la fractura física y moral de un país en ruinas: «Los jóvenes revolucionarios alemanes del 68 o bien tenían padres con un pasado nazi o bien habían sido víctimas de los nazis. Las ciudades habían sido bombardeadas, pero la cultura también y eso es algo que no hay manera de reconstruir”. En ese sentido, el fenómeno del krautrock rompería con la tradición alemana para posicionarse en los márgenes de la música experimental contemporánea. Kraut, que literalmente significa repollo –ingrediente central del tradicional chucrut–, era el mote con el que las tropas aliadas se referían de manera despectiva a los soldados alemanes.

Krautrock: The Rebirth of Germany, documental de la BBC (2009)

Así fue como la prensa musical británica bautizó a un puñado de bandas emergentes, imposibles de encuadrar en un género determinado que, en su imperiosa necesidad por forjar una nueva identidad artística, desafiaron los límites de la sociedad creando un lenguaje nuevo e intransferible. Entre 1968 y 1978 el krautrock descentralizó un territorio inexplorado y se abasteció de las fuentes más diversas, yendo de Stockhausen al blues, y la psicodelia a la música concreta. Las improvisaciones de Can y Faust o los collages sonoros de Amon Düül trasladaron el rock a territorios en los que la psicodelia anglosajona no se aventuraba, más proclive a los ecos del jazz rock y los acordes ampulosos del rock progresivo.

Can – Spoon (1976)

Cuando Klaus Dinger y Michael Rother decidieron bautizar Neu! a su proyecto, jugaron con el significado de “nuevo” y las rotulaciones de los carteles publicitarios de la época. Su síntesis minimalista, acorde con las letras rosas sobre fondo blanco, abogaba por largos desarrollos instrumentales ideales para perderse en los vastos paisajes industriales de la autobahn. Porque si nos atenemos a lo escuchado (y bailado) en las últimas cuatro décadas, la música electrónica en su rango más amplio, hip hop incluido, proviene de Kraftwerk. Grandes lumbreras como Brian Eno y David Bowie contribuyeron a difundir la obra retrofuturista de Harmonia y Cluster entre las hordas del postpunk e influenciando de manera sucesiva a bandas como The Fall, Sonic Youth, Stereolab o LCD Soundsystem.

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Estamos conduciendo por la autopista
Delante de nosotros hay un amplio valle
El sol brilla con rayos resplandecientes
La guía al conducir es una línea gris
Líneas blancas, borde verde
Encendemos la radio
Desde el altavoz se escucha:
Estamos conduciendo por la autopista

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 Kraftwerk – Autobahn (1975)

Volemos a continuación al país del Sol Naciente, donde a finales de los sesenta los jóvenes japoneses comenzaban a entusiasmarse con los nuevos sonidos que introducían de contrabando en sus macutos los soldados norteamericanos. Los pesados riffs progresivos de bandas como Flowers Travellin’ Band, Speed, Glue & Shinki, Flied Egg y Blues Creation invocaban a Jimi Hendrix, Cream, The Stooges y Black Sabbath, ante la perpleja mirada de las autoridades locales que ven socavados los últimos vestigios del imperio de Hirohito. En paralelo al milagro económico, los hogares de todo el país comenzaban a familiarizarse con los modelos occidentales, primero a través de la radio y después gracias al cine y la televisión.

Flowers Travelling Band – Satori (1971)

En contrapartida, aumentaron las manifestaciones contra el aumento de las tasas universitarias y la intervención norteamericana en Vietnam. Con el recuerdo del bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki todavía presente, el anti-imperialismo político del rock underground japonés alcanzaría cotas insospechadas. La vocación vanguardista de Les Razilles Denudés se tradujo en un acercamiento a la desobediencia civil por la vía de la psicodelia, inspirado a partes iguales por The Velvet Underground y Charles Manson. En 1970, su bajista Moriaki Wakabayashi secuestró un avión a punta de katana en nombre del brazo armado del Ejército Rojo. Los terroristas exigieron que el aparato tomase rumbo a Cuba pero, al no contar con combustible suficiente, se vieron obligados a aterrizar en Corea del Norte. Asumiendo que Flowers Travellin’ Band son los padres espirituales de Acid Mother’s Temple y Kikagaku Moyo, podríamos argumentar lo mismo de Les Rallizes y Keiji Haino, el santo patrón del “japanoise” electrificado.

El “rock terrorista” de Les Razilles Denudés

Mientras todo esto ocurría, el rock’n’roll comenzaba a abrirse paso timídamente en las emisoras de radio de Estambul, desplazando en las preferencias de la juventud a las inofensivas melodías napolitanas y las primeras muestras de chanson francesa que dominaban la radiofórmula. Su paulatina infiltración en la vida cotidiana fue calando en una tradición milenaria en materia de música instrumental. Pero una vez superada la infranqueable barrera idiomática del inglés, el pueblo turco asimilaría los ritmos extranjeros  hasta integrarlos en su acervo cultural, alumbrando lo que los anglosajones denominan como anatolian rock o anadolou pop.

Erkin Koray – Cemalim (1974)

Erkin Koray fue uno de sus precursores al implantar el uso de la guitarra eléctrica. Su fulgurante trayectoria discurre paralela los cambios sociales de una época convulsa, en la que el folclore y la experimentación convivieron en inesperada armonía para dar forma a uno de los capítulos más excitantes (y desconocidos) de la música popular del siglo XX. Desde entonces, Koray vivió siempre en el centro de la polémica, hasta el punto de llegar a ser acuchillado en plena calle de Estambul por el mero hecho de llevar el pelo largo. Un episodio que nos recuerda la problemática de las libertades personales de una ciudadanía que se declaraba moderna y tolerante, pero que todavía acusaba los desmanes de una minoría retrógrada que se resistía a desaparecer.

Selda Bağcan – Ince Ince (1975)

Por su parte, Selda Bağcan se erigió como la portavoz del nuevo sentimiento revolucionario de mediados de los setenta. Su vigorosa concepción del folk como arma de denuncia fue más allá de lo que algunos se han empeñado a etiquetar como “la respuesta turca a Joan Baez”. Con el corazón siempre a punto de salírsele de la garganta, el derroche de energía desgarrada la acercan más a Janis Joplin. A una “princesa del pueblo” de las de verdad, que hubo de sufrir la persecución de las autoridades militares en represalia al talante contestatario de sus letras. Pero será Derdiyoklar Ikilisi, el excéntrico dúo formado por Ali Ekber Aydogan e Ishan Güvercin, quien merecería pasar a la historia como una de las rarezas más inclasificables del rock anatolio. Emigrados a Alemania a mediados de los años setenta, Ali e Ishan eran reclamados por sus compatriotas para poner banda sonora a las celebraciones familiares.

El alucinante show de Derdiyoklar Ikilisi (1984)

Gracias  al férreo sentimiento de comunidad entre emigrantes, se convirtieron en una atracción habitual para bodas y cumpleaños, donde se esforzaban por mantener la atención de auditorio mediante coreografías descacharrantes y salidas de tono que incluían tocar la guitarra a pisotones o aporrear las teclas de un sintetizador con la ayuda de sus frondosas barbas. Lo que fuera con tal de ganarse a los niños, auténticos protagonistas de este tipo de eventos, que jaleaban cada uno de los saltos de un Ali a medio camino entre Chuck Berry y El Cordobés. Ahora bien, la música que ejecutaba aquella extraña pareja no era precisamente cosa de guasa. Más bien, todo lo contrario.

Mohama Saz – De entrada, no (2017)

Su originalidad a la hora de hermanar el legado otomano con los riffs electrificados pasaba por apropiarse del electrosaz (una variante amplificada del laúd autóctono) como principal seña de identidad expresiva. Su estilo a las cuerdas era tan virtuoso como poco ortodoxo, evocando las sonoridades del surf e incorporando pedales de efectos, a lo que hay que sumarle la titánica labor de Ishan a la batería, que funcionaba como verdadero revulsivo hipnótico. Turcos, sí, pero modernos; como la franquicia abierta por Javier Alonso y los hermanos Ceballos en Leganés, bajo el pseudónimo de Mohama Saz, a punto de estrenar su segundo largo, Negro es el poder (Humo, 2017).

Escrito por: David Bizarro

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